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Feb

19

VEE #065 – Un viaje a Lilliput


Un viaje a Lilliput
(de “Gulliver’s Travels” de Jonathan Swift)

Capítulo 1

Mi padre tenía unas pequeñas tierras en Notthinghamshire y yo fui el tercero de sus cuatro hijos. Me envió a Cambridge a la edad de catorce años y, después de estudiar allí durante tres años, trabajé como ayudante del señor Bates, un eminente cirujano de Londres. Estando allí, como mi padre me enviaba de vez en cuando ciertas sumas de dinero, estudié el arte de la navegación porque pensaba que, en algún momento o en otro, ése sería mi destino.

Tres años después de dejarle mi buen maestro, el señor Bates, me recomendó para que trabajara como cirujano naval en el Swallow, donde viajé otros tres años- Cuando regresé me instalé en Londres y adquirí una pequeña casa, donde viví con mi esposa la señorita Mary Burton, hija del señor Edmund Burton, sastre calcetero.

Mi maestro el señor Bates falleció dos años después y, como tenía pocas amistades, mis negocios empezaron a no marchar demasiado bien. Por esa razón, tomé la decisión de emprender de nuevo otro viaje. Realicé algunos viajes cortos y después acepté la oferta del capitán W. Pritchard, dueño del barco Antílope, que partía rumbo a los Mares del Sur. Salimos de Bristol el 4 de mayo de 1699 y nuestro viaje, al principio, transcurrió con entera normalidad.

Sin embargo, cuando íbamos rumbo a las Indias Orientales nos sorprendió una gran tormenta que nos llevó hasta la isla de Van Diemen. Doce marineros de la tripulación perecieron de hambre y cansancio y los demás estaban en muy malas condiciones. El 5 de noviembre amaneció muy brumoso, pero uno de los marineros divisó una roca enorme que estaba tan solo a cien metros del barco. El viento nos arrastraba hasta ella y en pocos minutos vimos como la nave se partía en pedazos al chocar con ella. Seis miembros de la tripulación, entre los que me contaba yo, logramos hacernos con uno de los botes y remar hasta que estuvimos a tres leguas de distancia. Cansados nos dejamos arrastrar a merced de las olas y poco después el bote fue engullido por una enorme ola. De aquellos que iban conmigo en el bote, ni de mis compañeros de barco supe nada más.

En lo que se refiere a mí la fortuna me arrastró hasta la orilla de aquella isla. Cuando llegué a ella y recuperé las fuerzas me adentré en ella, pero no vi ni el más mínimo vestigio de vida humana. Estaba muy cansado y el calor del sol me dejó finalmente abatido. Me tendí en la hierba y me eché a dormir profundamente.

Cuando me desperté ya había amanecido. Intenté levantarme, pero no pude porque me habían atado de manos y pies, además del pelo. Lo único que podía hacer era mirar hacia arriba. El sol empezó a calentar y la luz me cegaba los ojos. Escuchaba ruidos a mí alrededor, pero no pude ver nada, salvo el cielo. Poco después vi que algo vivo se movía por mi pierna izquierda, avanzó lentamente sobre mi pecho y se me acercó hasta casi la barbilla. Bajando los ojos pude ver a un ser humano que no tenía ni diez centímetros de estatura. Llevaba un arco y una flecha en la mano, además de una aljaba colgada en la espalda. Después noté que unos cuarenta más de esos seres diminutos seguían al primero. Me sentí tan sorprendido que lancé un bramido. Todos corrieron asustados, algunos incluso llegaron a hacerse daño intentando saltar desde mis costados al suelo. Sin embargo, al poco rato regresaron. Uno de ellos, que se aventuró hasta llegar a mi cara, levantó las manos en señal de admiración.

Me sentí tan incómodo que me esforcé todo lo que pude para desembarazarme de aquellas cuerdas. Una vez que logré soltar mi brazo izquierdo di un fuerte tirón para desprenderme de las curdas que me tenían apresado por el pelo. Sin embargo, las criaturas corrieron despavoridos. Cuando apresé a algunos de ellos sentí una descarga de cientos de flechas que se clavaron en mi mano izquierda. También lanzaron otras al cielo que, cuando cayeron, se me clavaron en la cara, por lo que tuve que cubrirme con el brazo. Me retorcí de dolor y, cuando traté de soltarme por completo, recibí otra descarga de flechas mientras que otros intentaban clavarme sus lanzas en el cuerpo. La buena fortuna quiso que llevara puesta mi chaqueta de cuero, tan rígida que no la podían atravesar. Pensé que lo más prudente en aquel momento sería quedarme quieto hasta la noche y entonces intentar escapar. Cuando me vieron que no oponía resistencia dejaron de lanzarme flechas, pero por el ruido que hacían vi que el número de enanos aumentaba.

Durante una hora escuché el ruido de personas trabajando. Luego giré la cabeza todo lo que las ataduras me lo permitían y vi una plataforma de un pie de altura con dos o tres escaleras para subir a ella. Desde allí, alguien que debía de ser una persona muy importante, me dijo muchas cosas, pero no pude comprenderlas porque hablaban una lengua distinta a la mía. No obstante, deduje por las formas que, en ocasiones, me amenazaba, mientras que en otras me hablaba con amabilidad y cierta pena. Yo musité algunas palabras, de la forma más afable que pude. Tenía tanta hambre que les hice señales para que me dieran de comer. Él me comprendió perfectamente y, bajando de las escaleras, ordenó que pusieran dos o tres escaleras a mis costados por las que subieron más de un centenar de aquellos habitantes con cestas llenas de comida.

Había patas de cordero, pero eran tan pequeñas como las alas de una alondra. Me comí dos o tres a la vez, me llenaban la boca con toda clase de comida sorprendidos de ver mi apetito. Luego hice señas para que me dieran de beber. Dedujeron que una pequeña cantidad no sería suficiente y utilizaron el ingenio. Arrastraron un enorme barril, me lo pusieron en la mano y le abrieron la tapa de arriba. Me lo bebí de un trago, ya que no contenía ni un cuatro de litro.

Me trajeron otro barril e hice lo mismo.

Luego hice señas para que me trajeran más, pero me dijeron que ya se les había acabado.

Todavía no me había recuperado de la sorpresa de ver a todos eso diminutos mortales rondando por encima de mi cuerpo y que, viendo que tenía una de las manos desatada, temblaban de miedo al verme de tan enorme tamaño comparado con ellos. Después acudió a verme una persona de alto rango. Su excelencia, subiéndose por mi brazo derecho, avanzó hasta mi cara seguido de un séquito formado por doce personas. Habló durante diez minutos, señalando hacia delante con bastante frecuencia, hacia la capital del reino como pude averiguar poco después. Le hice una señal con la mano pidiéndole que me librar de aquellas ataduras. Pareció entenderme, pero me hizo señas con la cabeza indicándome que ya me habían dado de comer y de beber, y que, por el momento, era más que suficiente.

Su respuesta me hizo intentar escapar una vez más, pero cuando sentí sus afiladas flechas en mi cara y en mis manos, desistí en mi empeño y les hice saber que me rendía.

Me frotaron la cara y las manos con un ungüento que a los pocos minutos alivió el dolor que me causaban las herida de las flechas. El ungüento me dejó adormilado y me quedé dormido. Dormí unas ocho horas. Después me dijeron que me había quedado dormido porque el médico, siguiendo las órdenes del emperador, había vertido una pócima en los barriles de vino.

Parecer ser que, cuando me hallaron dormido en el suelo después de llegar a tierra, el emperador había ordenado que me atasen de la manera que ya he narrado, que me dieran toda la comida y bebida que se me antojase y que prepararan un carro donde pudieran transportarme hasta la ciudad. Tuvieron que trabajar quinientos carpinteros e ingenieros para acometer dicha empresa. Consistía en un enorme marco de madera levantado unos diez centímetros por encima del suelo, de unos dos metros de largo y uno de ancho, movido por veintidós ruedas. Lo difícil era colocarme encima. Tuvieron que utilizar ochenta poleas para ello, además de gruesas sogas que me pasaron por el cuello, las manos, los pies y el cuerpo. Se emplearon novecientos hombres para tirar de las cuerdas y en menos de tres horas lograron colocarme encima de aquel carro y atarme fijamente a él. Mil quinientos caballos que pertenecían al emperador, de unos diez centímetros cada uno, se emplearon para llevarme hasta la capital. Mientras hacían todo aquello dormí profundamente y no me desperté hasta que no habían transcurrido cuatro horas desde que iniciamos el viaje.

El emperador y todos los miembros de la corte salieron a recibirnos, pero los oficiales de más alto rango no permitieron que arriesgara su vida subiéndose encima de mí. El carruaje se detuvo a las puertas de un templo antiguo, el más grande al parecer de todo e reino, donde se suponía que yo debía alojarme. Cerca de la puerta principal, a través de la cual pude pasar con facilidad, me ataron con noventa y una cadenas, parecidas a esas que sujetan los relojes de las señoritas, y las fijaron a mi perna izquierda con treinta y seis candados.

Cuando comprobaron que era imposible que me soltara cortaron las cuerdas que me tenían atado. Me erguí, sintiéndome más triste y apesadumbrado que nunca. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de unos dos metros de largas, lo que me permitía no solo caminar hacia delante y hacia atrás, sino poder tenderme por entero en el interior del templo. El emperador se acercó hasta mí rodeado de algunos des su cortesanos, todos ellos perfectamente ataviados, me observó con gran admiración, pero se mantuvo a suficiente distancia.

Era algo más alto que los demás miembros de la corte, lo cual ya le hacía destacar, más apuesto y majestuoso que nadie. Para poder contemplarle mejor me eché sobre el costado de tal manera que mi cara quedó a su misma altura. Su traje era sencillo, aunque llevaba un casco de oro adornado con joyas y una pluma. Sostenía la espada en la mano para defenderse en caso de que yo me desatara. Tenía la voz chillona, pero clara. Me habló en diversas ocasiones, y traté de responderle, pero no pudimos entendernos porque hablábamos distintas lenguas.

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Jan

29

VEE #064 – El mito de Narciso

El mito de Narciso según Oscar Wilde

Narciso, era un hermoso muchacho que todos los días iba a contemplar su propia belleza en el río. Estaba tan fascinado por sí mismo, que un día se cayó en el río y murió ahogado.

En el lugar donde se cayó, nació una flor a la que llamaron narciso.

Pero Oscar Wilde ponía fin a la historia de esta manera: El decía que cuando Narciso murió, vinieron las Oréiadas -diosas del bosque- y vieron el río transformado, de un río de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas.

-¿Por qué llora?- preguntaron las Oréiadas.

-Lloro por Narciso, – respondió el río.

-Oh, no nos extraña que llore por Narciso -prosiguieron diciendo ellas-. Al fin y al cabo, a pesar de que todas nosotras le perseguíamos siempre a través del bosque, usted era el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.

-Entonces, ¿era bello Narciso?- preguntó el río.

-¿Quién sino usted podría saberlo?- respondieron, sorprendidas, las Oréiadas-. Después de todo, era sobre su orilla donde él se inclinaba todos los días.

El río se quedó inmóvil unos instantes. Finalmente dijo:

-Lloro por Narciso, pero nunca me había dado cuenta de que Narciso fuese bello. Lloro por Narciso porque cada vez que el se recostaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.

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Jan

3

VEE 063 – El loro que pide libertad

El loro que pide libertad

Ésta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía un buen número de años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar un sabroso té de Cachemira.
Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:

-¡Libertad, libertad, libertad!
No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: -¡Libertad, libertad!


Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro.
Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: ¡Libertad, libertad!

Al invitado se le partía el corazón. ¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Presto, se acercó a la jaula y abrió la puertecilla de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla. El loro seguía gritando: ¡Libertad, libertad, libertad, libertad!

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Oct

31

VEE #062 – El Otro Yo

de Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

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Oct

21

VEE #061 – Hablando de Madrid

Música de despedida: “Hoy llueve, hoy duele” de Alejandro Sanz

En Madrid hay de todo. Aquí conviven las enormes avenidas y los barrios de callejas estrechas, los edificios modernos de acero y cristal y las viejas casas, las autopistas y los parques, los madrileños “de pura cepa” y miles de personas venidas de otros lugares que han encontrado aquí su casa.

La Puerta del Sol es, junto a la cercana Plaza Mayor, el centro tradicional de la vida madrileña. Desde aquí millones de españoles escuchan cada 31 de diciembre las campanadas de fin de año. En el suelo, una pequeña placa con la inscripción Kilómetro Cero recuerda que aquí tienen su punto de partida todas las carreteras que van del centro de España hacia la periferia.

Tres de los museos más importantes de España están situados en una misma zona de la ciudad formando lo que algunos llaman el triángulo de arte: el Museo del Prado, el Reina Sofía, de arte contemporáneo y el Museo Thyssen.

El Escorial, monasterio y palacio al mismo tiempo, es un edificio impresionante. Lo mandó construir Felipe II en el siglo XVI en un entorno magnífico, al pie de la Sierra de Guadarrama. El Escorial tiene nueve torres, quince claustros, dieciséis patios, más de 1.500 puertas y 2.600 ventanas.

La comunidad de Madrid ha recibido y sigue recibiendo cada año a miles de hombres y mujeres de otras regiones de España, Europa, África y Hispanoamérica. Por eso, en las calles de la capital, se oye hablar español con todos los acentos imaginables.

Pero los madrileños también tienen una forma particular de hablar. Éstos son algunos rasgos típicos del modo de hablar madrileño.

Es muy habitual, incluso entre personas cultas, el leísmo, consistente en usar le en lugar de lo. (Por ejemplo: Perdí el documento, pero ya le he encontrado.)

La d al final de las palabras no siempre se pronuncia como tal sino a menudo como una z. Muchos madrileños no dicen, por ejemplo, Madrid, sino Madriz.

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Sep

4

VEE #060 – Ante la Ley

“Ante la Ley” de Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

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Jul

25

VEE #059 – Hablando de Castilla y León

Castilla y León es la comunidad autónoma más grande de España. En su largo recorrido por las nueve provincias puedes encontrar una tierra con mucho encanto con castillos, lagos y monumentos espectaculares como el acueducto de Segovia y la catedral de  Burgos.

La ciudad monumental y universitaria de Salamanca es famosa y es un lugar genial aprender español. Las calles del centro de la ciudad, en las que se respira un ambiente juvenil gracias a sus miles de universitarios españoles y extranjeros, desembocan siempre en su bellísima y muy animada Plaza Mayor.

Aunque el castellano nació en Cantabria y comenzó a escribirse en La Rioja, la lengua castellana recibió su nombre y se extendió por toda España y por América gracias a la importancia política de Castilla.  De hecho, Castilla fue el reino más poderoso, junto al de Aragón, de los muchos que surgieron en la Península Ibérica en la Edad Media.

El castellano de Castilla y León presenta algunas peculiaridades.

  • Es habitual, incluso entre personas cultas, el leísmo, el laísmo y el loísmo, es decir, la confusión en el uso de los pronombres de complemento directo e indirecto.
  • La d final de las palabras se pronuncia frecuentemente como una z (¡Veniz acá!)
  • Como sucede en otras zonas, en la lengua oral se pierde la –d en las palabras acabadas en –ado (Estoy muy cansao).

————-

El ejemplo de un hablante de Castilla y León es José Manuel Pérez Ovejas, director tecnico, enólogo de Bodegas Hermanos Pérez Pascuas, ubicado en pleno corazón del Ribera del Duero. (En inglés, un enólogo es un “oenologist” o sea, “a wine expert.”)

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Jul

8

VEE #058 – Hablando de Andalucia

Andalucía es un crisol de culturas. Durante siglos distintas culturas y religiones como la judía, la católica y la musulmana, han dejado aquí lo mejor de su arte.

En Sevilla, la catedral y sobre todo su torre, la Giralda, es el símbolo más conocido de la ciudad. La Giralda es, en realidad, una torre de origen árabe a la que se añadió, siglos más tarde, un remate barroco.

El carácter festivo de Sevilla se refleja especialmente en la primavera, primero en la famosa Semana Santa y poco después en la Feria de abril.

En el siglo X y bajo dominio árabe, Córdoba fue la ciudad más importante del mundo. De esa época de esplendor conserva la Mezquita, convertida luego en catedral cristiana.

La Alhambra de Granada es una joya arquitectónica. Palacio refinado y fortaleza militar a la vez, la Alhambra es una obra maestra y la riquísima decoración y los jardines del Generalife forman un conjunto impresionante.

Por supuesto hay más lugares y rincones para ver, para pasear y para perderse en Andalucía. Sitios como la provincia de Almería y las ciudades de Cádiz, Jerez y Málaga.

En Andalucía, el castellano tiene algunos rasgos específicos:

En muchas zonas es común el seseo, es decir pronunciar como s el fonema /z/ (casuela en vez de cazuela, sirco por circo).

En otros lugares, en cambio, se cecea, esto es, se pronuncia el fonema /s/ como z (cevillano en vez de sevillano o zimple por simple).

L s se aspira y llega a desparecer cuando va al final de la palabra (casah o casa en vez de casas).

L d entre dos vocales también tiende a desaparecer (deo en lugar de dedo, peaso en vez de pedazo, pare por padre…).

L ch se pronuncia casi como una sh (mushasho y no muchacho).

En algunas provincias se usa ustedes en lugar de vosotros en ambientes familiares o de amigos.

Al final de sílaba o de palabra la r y la l pueden confundirse (sordao por soldado) o pueden desaparecer (mujé por mujer o papé en vez de papel.)

(Música: Estrella Morente)

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Jun

25

VEE #057 – Instrucciones para subir una escalera

de Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

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Jun

9

VEE #056 – Instrucciones para dar cuerda al reloj

Instrucciones de Julio Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Atelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

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